Min Turab _BOOK

Min Turab
Roger Grasas

Texts
Marta Dahó

RM
Hardcover
96 pages
59 images
7,1 x 10,1 cm

Design
Jaime Narváez

English-Spanish edition
ISBN RM Verlag 978-84-17047-19-1

Donde rompe el paisaje
Marta Dahó

“Los paisajes alterados por el hombre”. Desde hace algunos años, esta expresión se ha convertido en una fórmula recurrente, especialmente en el ámbito de la fotografía contemporánea, donde suele utilizarse para definir aquellos entornos en los que la agencia humana es explícita y visible. A pesar de su anacronismo –al fin y al cabo los homínidos, como cualquier otro ser vivo, alteraron el planeta desde un principio–, su empleo no suele implicar ningún atisbo de ironía, más bien lo contrario. ¿A qué realidades se refiere, pues, esta fórmula para que se haya impuesto con tanta naturalidad en los últimos tiempos? ¿Qué nuevas alteraciones pretende señalar?

Aunque el territorio, sobre todo a partir de mediados del siglo XX, ha sufrido transformaciones a escala planetaria incomparables a las de cualquier época anterior, el éxito de esta expresión, al menos en lo que atañe al medio fotográfico, no puede desvincularse del todo de la impresionante fortuna crítica que tuvo una exposición presentada en 1975 −discreta en sus intenciones, pero insoslayable en su influencia posterior− como fue New Topographics, cuyo subtítulo era precisamente el de Photographs of a Man-Altered Landscapes. Fue también en esa época, como bien reflejaba el planteamiento de William Jenkins, comisario de la muestra, cuando el entorno empezaba a ser analizado fotográficamente desde otros puntos de vista, desde otras perspectivas menos idílicas y mucho menos espectaculares que las que habían prevalecido hasta ese momento. No obstante, pocos críticos ahondaron por aquel entonces en el brillante planteamiento de Jenkins, y probablemente tampoco prestaron especial atención a la diversidad de los proyectos seleccionados para la exposición que, quizá de forma demasiado automática, quedaron asociados a un simplificado deseo de ilustrar la transformación del paisaje norteamericano.

Muchos artistas y fotógrafos pertenecientes a esa generación que empezó su andadura profesional en los años sesenta, y no únicamente en Estados Unidos, decidieron trabajar –aunque fuera por razones y con enfoques artísticos fundamentalmente diversos– en territorios donde pudieran fotografiar menos condicionados por las imposiciones heredadas de la cultura paisajística occidental. Por otra parte, no es menos cierto que, con el tiempo, la atención a ese tipo de espacios −vacíos, planos, mudos, comunes o apagados, como rezaban con precisión las indicaciones de Robert Smithson a la hora de elegir dónde fotografiar− ha experimentado un proceso inverso. La identificación de estas características en un lugar cualquiera se ha convertido en un nuevo parámetro de interés estético que se impone obviando sus realidades sociales, políticas o económicas. En otras palabras, el paisaje alterado, al que con el tiempo se le han ido sumando otros aspectos y cotas de degradación globalizada, ha quedado investido de nuevos valores e intereses, casi como si se tratara de un nuevo monumento.

A todo ello se añade además el hecho de que, desde hace algunos años, ciertos puntos del planeta se disputan de forma obscena los mayores niveles de extravagancia, espectacularidad y despropósito medioambiental, lo cual los ha convertido en destinos privilegiados de artistas y fotógrafos subyugados ante la magnitud de las alteraciones fomentadas a golpe de petrodólar. Concretamente, algunas ciudades de la península arábiga parecen haber sido y estar siendo concebidas precisamente con tal fin. No obstante, lo que las rodea, lo que se halla en sus bordes y sus periferias, así como gran parte del territorio del Golfo, ha sido mucho menos atendido. En parte por las propias leyes y prohibiciones que hasta hace poco impedían el uso de cámaras allí; en parte porque donde se considera que no hay nada que ver, nada llama a ser fotografiado. Por todo ello, muchos de estos territorios por los que se ha desplazado Roger Grasas siguen protegidos bajo el manto de lo overlooked: aquello que aun estando presente resulta invisible.

Si a mediados de los años ochenta John Gossage, invitado a fotografiar en Arabia Saudí, declaraba sentirse interpelado por esa “nada” que ofrecía entonces el desierto y donde algunos locales procuraron evitarle decepciones por la ausencia de supuestos lugares de interés, unos cuantos años más tarde el proyecto Min Turab −que en árabe  significa literalmente ‘de la tierra’, lo que brota de ella− se propone constatar cómo se resquebraja esa nada: el punto exacto de su rotura, allí donde un paisaje se desgarra y otro nuevo se impone barriendo el anterior. Claro que el paisaje no es únicamente la tierra, el territorio que pisamos, sino también la forma que tenemos de percibirlo, de comprenderlo y evocarlo visualmente. De ahí que podamos concluir que en esa ambivalencia semántica del lenguaje que atribuye al concepto “paisaje” una doble realidad, material y cultural, también se juega la globalización del territorio. Las fotografías de Roger Grasas lo indican sin ambages.

Aunque su itinerario tiene algo de exploración decimonónica, el grand tour por los territorios de este Min Turab que es también fuente de alteración −siendo el petróleo el principal agente de cambio− no queda imantado por los nuevos centros de peregrinaje fotográfico. Por el contrario, su deriva parece conducirle en otras direcciones. En realidad, sus lugares de observación apuntan a los nuevos centros urbanos en su desarrollo desaforado, pero desde un posicionamiento ligeramente distinto: el de las afueras, el borde, la periferia o el callejón. Lo que puede ser percibido con ese simple desplazamiento de pocos kilómetros y lo que se despliega desde esa perspectiva secundaria menos privilegiada atiende a lo menor, al detalle aparentemente anecdótico, pero que en este caso resulta ser el más significativo. En su conjunto, estas fotografías proponen escrutar con cierta calma los puntos exactos donde la alteración produce un desacompasamiento fatal, la fricción que viene a desbaratar anteriores visiones e ideas de un lugar: las que podríamos tener nosotros como espectadores extranjeros sin conocimiento de causa, las que podrían tener también los habitantes locales lidiando con la vertiginosa transformación de sus paisajes a los que, por primera vez en la historia, sobrevivirán.

El imaginario Disney, quizás el primero en concebir paisajes auténticamente híbridos y globalizados, ha quedado perversamente amalgamado con el encanto de las Mil y una noches; el olvidado centro histórico de Doha ha sido ocupado por una pista de karts; focos, ferias, recreaciones y trampantojos… No hace falta enumerar los signos inequívocos de la conversión del lugar en parque temático porque actúan a nivel global. Todas y cada una de las imágenes de este libro, en mayor o menor medida, señalan el punto de no retorno de una alteración que no solo aniquila ciertas vistas desde una perspectiva paisajística sino, mucho más importante, impone otros modos de vida. Las implicaciones geopolíticas de los territorios de Min Turab conllevan, además, otro matiz importante. Aquello que en Barcelona o en Nueva York apenas provocaría discusión, en ciudades como Abu Dhabi, Doha o Dubai escandaliza y fascina a partes iguales al público extranjero. Es difícil resistirse a la crítica ante la omnipotencia del despliegue tecnológico y sustraerse al espectáculo más atroz de la globalización en países que no son los nuestros. Consciente de esta compleja tesitura, en este proyecto Roger Grasas opta por alejarse y observar desde cierta distancia qué se está produciendo en esas rocas sobre las que rompe el paisaje.

Si la concepción clásica del paisaje, cuya herencia pervive en muchos de los proyectos fotográficos actuales, contribuyó a naturalizar ideológicamente la dimensión desigual de las relaciones sociales, ocultando la realidad de los procesos históricos y conflictivos implicados, los retos con los que se confronta la práctica fotográfica actual en su reflexión sobre un paisaje cada vez más complejo son evidentes pero nada fáciles de abordar. La opción que se aprecia en el planteamiento de Min Turab podría ser justamente la de confrontarse con ese nuevo orden visual que determina las condiciones de hipervisibilidad –y experiencia– de unos paisajes y la exclusión de otros, identificando esos puntos ciegos donde oleadas de imágenes están siendo sustituidas por otras de muy distinto signo.

Where the Landscape Breaks
Marta Dahó

In the past few years, “man-altered landscapes” has become something of a recurring expression, especially in the world of contemporary photography, where it is typically used to describe environments where humans have intervened explicitly and visibly. It is a somewhat anachronistic phrase—hominids, after all, have been altering the planet from the start, just like all other living things—but its use does not imply the faintest shade of irony. And yet, what realities it could be referring to, that it has been employed with such naturalness in recent times? What new alterations could it be pointing toward?

If land has been going through planetary-scale transformations unlike those of any earlier era, and these transformations have been especially precipitous in the latter half of the 20th century, then the expression’s success cannot be dissociated, at least in the context of photography, from the runaway critical success of a 1975 exhibition entitled New Topographics, whose subtitle was none other than Photographs of a Man-Altered Landscape, a project of modest ambition that had an undeniable influence on later work. William Jenkins, the exhibition’s curator, rightly observed that at that point in history, photographers were beginning to study the environment in new ways that were less idyllic and certainly much less dramatic than those that had prevailed in the past. Nevertheless, few critics at that time took more than a fleeting interest in Jenkins’ brilliant observation, and likely paid little attention to the diverse range of projects selected for his exhibition. Perhaps, too automatically, they associated the works with an oversimplified desire to illustrate the transformation of the North American landscape.

Many of the artists and photographers who began their careers in the sixties—and not only those in North America—chose to work in areas where they could take photos that were less constrained by the inherited dictates of Western landscape art. That is to say, they increasingly focused on what Robert Smithson called “empty, plain, vacant, silent, common, ordinary” spaces when choosing where to shoot. Nevertheless, over time, identifying these characteristics in a given place has become a new parameter of aesthetic interest that prevails even without confronting those places’ social, political and economic realities. In other words, altered landscapes that had acquired a patina of globalized degradation and deterioration over the years have become invested with new value and interest, almost as if the subject being photographed were a new kind of monument.

On top of all this, certain parts of the world have been involved for some years in an obscene competition to out-do one another in the extent of their extravagance, ostentation and environmental folly, making them prime destinations for artists and photographers captivated by the magnitude of petrodollar-fueled landscape alterations. Certain cities on the Arabian Peninsula in particular seem to have been conceived and continually developed for precisely that purpose. Their environs, however—their borders and peripheries, along with a fair amount of the territory along the Gulf—have received much less attention. This is partly due to the laws and prohibitions that until recently limited the use of cameras, and partly because where there is generally thought to be little to see, little gets photographed. Consequently, many of the areas where Roger Grasas has traveled have been guarded beneath the inclination to overlook that which though present, is somehow invisible.

When John Gossage was invited to photograph Saudi Arabia in the mid-eighties, he said that he felt challenged by the “nothing” of the desert, where a few locals feared he would be disappointed in the lack of what they considered points of interest. Years later­, the project Min Turab (Arabic for “of the earth,” that is to say, what emerges from the land) seeks to confirm the exact point where that nothingness breaks down; it explores spaces where one landscape was torn down and swept away and another is being installed. Of course, the landscape is more than just the land we step on: it includes our perception of those spaces it refers to and the ways we understand and evoke them visually. From this we can conclude that the semantic ambivalence that attributes a double reality of material and cultural to the concept of “landscape” is also at play in the globalization of territory. Roger Grasas’s photos say as much.

Grasas’s itinerary may be somehow reminiscent of the 19th-century grand tour, but in Min Turab, he is not drawn to the latest, most popular sites of photographic pilgrimage. In fact, he seemed to drift in the opposite direction. The areas he chose to study point to the newest centers of unbridled urban development with a twist: his approach is from the outskirts, the periphery, and the back alley. When he steps back a few miles and takes in his secondary, less privileged view, the things he notices tend toward the small. Apparently anecdotal details, at least in this case, end up being the most meaningful of all. Taken together, his photographs calmly scrutinize the exact places where landscape alteration, linked to oil as a main agent of change, has produced a fatal discord, a sort of friction that destroys earlier visions and ideas of a place: the notions that we might have as uninformed foreign spectators, or that locals might have as they deal with landscapes transforming rapidly before their eyes—landscapes that, for the first time in history, they will outlive.

The worlds created by Disney, perhaps the first to conceive a truly hybrid globalized landscape, here merge perversely with the enchantment of the Thousand and One Nights. Doha’s forgotten historic downtown is now home to a go-karts track. Spotlights, fairs, recreations, and trompe-l’oeil of every sort are what we find in Grasas’ photographs. There’s no need to list the unmistakable indications that some of these places have become a sort of theme park, because they are acting on a global level. All of the pictures in this book, to a greater or lesser extent, identify the point of no return, where the alteration does not merely obliterate the view of a certain landscape, but more importantly, imposes a new way of life.

Min Turab also has important geopolitical implications. What would scarcely be remarkable in a Western city is scandalous and fascinating in equal measure to foreigners visiting places like Abu Dhabi, Doha and Dubai. It is hard to resist criticizing the overwhelming deployment of technology only to escape to the equally atrocious spectacle of globalization in countries other than our own. In this project, Grasas, aware of the situation’s complexity, chooses to take a step back; he observes what is being built upon those rocks, over which the landscape is breaking, from a certain distance.

If the classic conception of landscape, which many of today’s photographic projects have inherited, helped naturalize the ideology of unequal social relationships and disguised the reality of the historic conflict implied therein, then the challenges that current photography must face when reflecting on an increasingly complex landscape are clear. That does not mean, however, that they will be at all easy to address. Perhaps, by identifying the blind spots where waves of images are being swept away and replaced by others of a very different sort, Min Turab allows us to confront this new visual regime that imposes the conditions of hyper-visibility of some landscapes and the dramatic dismissal of others.

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